Ciegos de nacimiento, ¿somos aún?

olho

“Al pasar Jesús, vio a un hombre ciego de nacimiento. Y le preguntaron sus discípulos diciendo: Rabí, ¿quién pecó, este o sus padres, para que haya nacido ciego?

Respondió Jesús: No es que pecó este, ni sus padres, sino para que las obras de Dios se manifiesten en él. Me es necesario hacer las obras del que me envió, entretanto que el día dura; la noche viene cuando nadie puede trabajar. Entre tanto que estoy en el mundo,   luz soy del mundo.

Dicho esto, escupió en tierra, e hizo lodo con la saliva y untó con el lodo los ojos del ciego, y le dijo: Ve a lavarte en el estanque de Siloé (que traducido es, Enviado). Fue entonces, y se lavó, y regresó viendo.” 

                                                         Juan 9:1-7

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En este pasaje Jesús cura un ciego de nacimiento. Su milagro incomoda a los fariseos- sacerdotes retenedores de la ley-pues aconteció en un día sábado, día que debería ser “guardado”, o sea no se podía hacer obra alguna en él según la ley de Moisés.

En un día sábado el Señor escupe en la tierra, hizo un lodo con su saliva y lo aplicó en los ojos del ciego y luego lo manda a lavarse en un estanque llamado Siloé que quiere decir “Enviado”.

Entonces el ciego que  nunca vio pudo ver.

Así, en ese maravilloso milagro de Jesús, se cumplirían también las profecías sobre aquel que vería y daría vista a los ciegos, oído a los sordos y haría hablar a los mudos. Aquel que haría andar a los paralíticos y resucitaría a los muertos. El tan esperado enviado de Dios que rescataría a su pueblo.

Sin embargo, más aún que en el verdadero sentido de la carne o el cuerpo, en Jesucristo, estas profecías se cumplieron en el sentido espiritual, algo mucho más allá de los milagros físicos realizados.

Las obras de Dios, los milagros físicos que Jesús realizaba fueron, principalmente, para dar testimonio de cosas mucho más importantes que sus logros en este mundo. Las obras fueron para que vinieran a creer en Él, como Enviado de Dios, como el Mesías que viene. Para ello, para así los que creyeren, recibieran el verdadero milagro: la inscripción de su nombre, para siempre, en el Libro de la Vida.

 ¿”Al que el Padre santificó y envió al mundo, vosotros decís: Tú blasfemas, porque dije: Hijo de Dios soy?  37 Si no hago las obras de mi Padre, no me creáis.  38 Mas si  las hago, aunque no me creáis a mí, creed a las obras, para que conozcáis y entendáis que el Padre está en mí, y yo en el Padre.

Juan 10:36-38.

Por eso, muchos de los milagros realizados por el Hijo de Dios, simbolizaban el MILAGRO ETERNO, aquel que realmente importa y que nunca pasará para los que de él participan:

El milagro de Salvación

No es en vano que el  Señor mescle la tierra con su saliva, la mezcla la pase a los ojos del ciego y le pida que se lave en Siloé (nombre que significa “Enviado”).

Pues no tendría ningún sentido para aquel que sanaba con sólo un “ve, tu fe te ha sanado”, o con un simple toque de su ropa. Al usar tierra y escupir para poder dar vista a un ciego; Jesús nos deja una enseñanza espiritual muy profunda, junto con el milagro visible que tuvo lugar allí. Y son en el verdadero sentido espiritual los pasos de Jesús aquí en la tierra, que son la mayor riqueza que Dios tiene para los que le aman. Porque es directo al corazón, a quien habla o se dirige y no con la incredulidad de la carne que necesita ver señales para creer en El y rendirse a El.

La tierra seca

La tierra seca simboliza lo que somos en cuanto a hombres.

Somos hechos de la tierra en cuanto a hombres naturales, como todos nacemos de nuestros padres naturales.

“Como un padre se compadece de los hijos, se compadece Jehová de los que le temen; porque El conoce nuestra condición; se acuerda de que somos polvo.”        Salmo 103:13

“Entonces Jehová Dios formó al hombre del polvo de la tierra, y sopló en su nariz  aliento de vida, y fue el hombre un ser viviente”.

Génesis 2:7

Somos “secos” en nosotros mismos para Dios, porque no tenemos los manantiales de aguas vivas en nuestra propia condición de pecadores, o sea de como nacemos de nuestros padres naturales.

Estas aguas son el Espíritu de Dios, que no recibimos como herencia por nuestra descendencia de carne.

De la misma manera no podemos ver a Jesucristo  como Dios por nuestra naturaleza terrenal: en sequedad de vacío y angustia, sin humedad. El rocío del cielo que sale de su boca y hace un lodo que cura, es agua que restaura la verdadera visión para que vean quien es El realmente: el propio Dios Todopoderoso.

Somos todos “ciegos de nacimiento” para las verdades eternas de Dios, por la forma como nacemos aquí, en cuanto a hombres de la tierra. Porque vemos lo que está aquí en este mundo, no lo que es en el cielo. Porque para ver lo que está en el cielo, se tiene que ser parte del cielo, mediante la redención que es en la fe.

“Respondió Jesús y le dijo: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de nuevo no puede ver el Reino de Dios.”

Juan 3:3.

“Respondió Jesús: De cierto, de cierto te digo, que el que no naciere de agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios. Lo que es nacido de la carne, carne es; y lo que es nacido del Espíritu, espíritu es.”

Juan 3:5-6

Delante de esa condición, por amor, Aquel que es del cielo vino a la tierra, para hacer a los que son de esta tierra, vean lo que es del cielo y, principalmente sean del cielo. Y este es Jesucristo, el Hijo de Dios viniendo como hombre.

Nadie subió al cielo, sino el que descendió del cielo; el Hijo del Hombre que está en el cielo.

Juan 3:13

Él es el único que puede dar la verdadera visión a los hombres: una visión y la vida del Reino de los cielos.

Por eso Él escupe en la tierra y hace un lodo.

El escupo

El escupo simboliza la humedad, el verdadero rocío del cielo que baña la tierra seca (nosotros).

Representa el agua viva que sale de la boca de Jesús: que es la propia Palabra de Dios, o el Verbo, Él mismo. Palabra que nos conduce al “Tanque de Siloé”, por el arrepentimiento, para ser lavados de nuestros pecados y ver la verdad.

“El Espíritu es el que da vida; la carne para nada aprovecha; las palabras que yo os he hablado son Espíritu y son vida.”

Juan 6:63

“Ya vosotros estáis limpios por la palabra que os he hablado.”

Juan 15:3

Su mescla con la tierra, es naturaleza divina y santa en nosotros. Aquello que era antes solo polvo, sequedad.

L-I-T-E-R-A-L-M-E-N-T-E es  el Espíritu Santo de Dios en nosotros, cuando recibimos la Palabra de Dios con el corazón.

 “….por medio de las cuales nos ha dado sus preciosas y grandísimas promesas, para que por ellas llegaseis a ser participantes de la naturaleza divina, habiendo huido de la corrupción que hay en el mundo a causa de la concupiscencia”

2 Pedro 1:4

El tanque de Siloé

Sin embargo la visión del hombre que nació ciego, solo es restaurada cuando él se lava en el estanque de Siloé. Eso porque es la Palabra de Dios revelada por Jesucristo a nosotros (su “escupir” en la “tierra seca”), Nos conduce a los manantiales de aguas vivas del Espíritu Santo, al verdadero Enviado de Dios a nosotros (Siloé).

Las aguas del estanque de Siloé, son aguas del Espíritu Santo de Dios, a quienes somos conducidos por el arrepentimiento que El vio en nuestro corazón, cuando oímos la Palabra; en esas aguas somos lavados de nuestros pecados que nos ciegan, para que entonces, podamos ver a Dios y conocerle en Jesucristo; anunciado también como Emanuel (“Dios con nosotros”).

            “Y yo rogaré al Padre, y os dará otro consolador para que esté con vosotros para siempre; es decir: el Espíritu de Verdad, al cual el mundo no puede recibir, porque no le ve, ni le conoce; pero vosotros le conocéis porque mora en vosotros, y estará en vosotros”.

Juan 14:16-18

Son aguas vivas que nos lavan de nuestros pecados, sean los que sean.

Lavarnos en estas aguas significa que somos tocados por Dios por su Palabra (“…Si oís hoy su voz, no endurezcáis vuestros corazones” Hebreos 4:7, Salmo 95:7).

Si le damos atención y nos arrepentimos de todo lo que es polvo, es decir, se deja todo lo que pecamos en este mundo cruel y corrupto, alejado de Dios, si es que realmente escuchamos y obedecemos.

Entonces…

El Señor Jesucristo, vendrá a nosotros y nos purificará y habitará en nosotros, hará en nosotros manantiales de aguas vivas que nos traerá Su paz, y nos restaurará la visión para las cosas eternas, para el Camino de la Vida eterna.

 

“….Jesús se puso en pie y alzó la voz, diciendo: Si alguno tiene sed, venga a mí y beba. 38 El que cree en mí, como ha dicho la Escritura, de su interior correrán ríos de agua viva. 39 Esto dijo del Espíritu que habían de recibir los que creyesen en El; pues aún no había venido el Espíritu Santo, porque Jesús no había sido glorificado”.

Juan 7:37-39

”Más el que bebiere del agua que yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna.”

Juan 4:14

Que la Paz de nuestro Señor Jesucristo, nuestro Río de aguas vivas, pueda estar para siempre sobre todos los hijos de Dios. En cuanto a quienes oyen Su Voz hoy, ruego a Dios para que puedan tener la misma fuente en sus corazones, para creer y confesar a Jesucristo como su único Señor y Salvador, para que puedan compartir juntos este maravilloso regalo de Dios para nosotros: El en nuestras vidas en lo personal siempre. Consuelo y paz en nuestros corazones.

Amén.

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